
Así empezó el horror
Una muchacha parada en la puerta de entrada le cortó el aliento: desnuda, ensangrentada, el pelo hecho una maraña y la mirada perdida.
—Tengo sed —alcanzó a decir la chica antes de desplomarse.
—Vení, boludo —le dijo Sergio al enfermero agarrándolo del brazo—, dame una mano y traé una camilla.
—¡Uy, la puta madre…! —dijo Matías mientras corría por el pasillo—. Otra más.
—¡Graciela! —gritó Sergio a una enfermera que pasaba con un paquete de vendas—. ¡Preparame un box!
La chica se sacudía con espasmos y balbuceaba unas palabras que Sergio no alcanzaba a entender.
—Tranquila, gordita, tranquila —le dijo para confortarla—. Vas a estar bien.
Entre Sergio y Matías la pusieron en una camilla, la cubrieron con una manta y la llevaron a un box de atención inmediata. La chica tenía los ojos desorbitados, las pupilas dilatadas y los labios morados.
—Mati, traé el oxígeno, y decile a Graciela que venga.
Vamos, flaquita, no me aflojes, pensaba Sergio. La hicieron pelota.
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