
Hay noches en que todo parece diferente: aparecen sombras y recuerdos que quieren tomar forma dentro de la habitación, para robarte el sueño y convertirlo en pesadilla.
Estos cuentos nacieron en una de esas noches —en varias, mejor dicho.
FRAGMENTO: “La casa maldita”
Todo pueblo tiene un sitio misterioso. El mío tenía “la casa”, o la casa de la bruja, como la llamaban todos.
—Nunca, ¿me oís, Fabricio? —me repetía mi papá con el índice en alto, cada vez que podía—. Nunca te acerques ahí: esa casa está maldita, se come a los chicos.
Eso me metía miedo. Me aterraba pensar que un chico pudiese entrar ahí y quedar atrapado y no volver a ver a sus seres queridos o morir. Muchas veces no podía dormirme imaginando que el cuento de Hansel y Gretel había ocurrido ahí, en “la casa”, en esa casa.
Cuando aprendí a andar en bicicleta, tuve cuidado de no pasar cerca. Pero, a los trece años, mi curiosidad y mi hombría creciente espantaron al miedo: la idea de ir a verla se me había convertido en obsesión.
Una tarde, aprovechando que papá no estaba, lo llamé a David, mi amigo y compañero de aventuras, y le conté mi plan. Él también se moría de ganas de ver.
—Tiene que ser ahora —me dijo—: más tarde tengo que terminar la tarea.
No lo discutimos más: agarramos las bicicletas y, sin que nadie nos viera, salimos.
¿Querés saber cómo termina el cuento?